Tanto Cifesa como Filmófono son las productoras que mantuvieron la
industria cinematográfica española “a flote” durante la compleja década de los
años treinta. Cifesa creababa un cine urbano donde las comedias al
estilo Hollywood solían estar interpretadas por la estrella del momento: Imperio Argentina. Por otra parte, Filmófono, que
tuvo como hombre fuerte a Luis Buñuel, creó, en general, dramas rurales.
Todas
ellas son películas populares que tuvieron un cierto éxito, según títulos, en
las carteleras del país. A grandes rasgos, el cine realizado en esta época se
caracterizó, principalmente, por el tratamiento del honor en la mujer y la
muestra de una naciente modernidad protagonizada por la maquinaria.
De esta
manera, la virginidad de la mujer y su relación con el honor familiar fueron
tratadas en obras como La aldea maldita (Florián Rey, 1930), cuando la
mujer de un campesino en prisión toma la iniciativa y viaja en busca de un
futuro mejor, terminando en una especie de bar de “alterne” de la época.
La
fascinación por la maquinaria fue una constante que aparecía incluso en
las denominadas “comedias de teléfonos blancos”. El bailarín y el
trabajador (Luís Marquina, 1936) comienza con unos planos documentales
seguidos de otros que perfectamente podríamos haber encontado en la distopía
urbana futurista de la famosa película de ciencia ficción Metrópolis (Fritz lang, 1927).
En este
momento, es necesario destacar la película Carne de fieras dirigida
por el director de cine y agitador anarquista incansable Armand
Guerra, cuyo nombre real era José Estivalis. La película que tratamos se
desarrolla en el mundo del circo y en ella cabe destacar la aparición del
primer desnudo casi integral en la historia del cine español realizado para
salas comerciales -obviamente, no tenemos en cuenta la realización de cine
porno erótico que se llevaba a cabo desde hace décadas-.
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